Era el día de Todos los Santos, y es bien sabido que en ese día es cuando los muertos se levantan de las tumbas para ver lo que los vivos hacen. Claro está que no son malignos, son justo como fueron cuando vivían, y algunos de ellos hasta se corrigen al morir.
Ese día concretamente, mi padre, que trabaja en el campo como era habitual en aquella época, tardaba más de la cuenta en volver. Poco a poco se hacía más de noche, y cada vez más, mi madre y yo pensábamos en lo que pudiera haberle pasado. Justo el día de las ánimas no era bueno estar tan tarde por ahí, digan lo que digan ahora. En eso, mientras mis hermanos mayores decidían si salían o no a buscarlo con los candiles, a la puerta llamaron.
-"¿Quién es?" Dijo mi madre, nerviosa.
-"Soy yo, mujer, ábreme que vengo cansado".
Con mil y una precauciones mi madre y yo abrimos la puerta, mientras mis hermanos se preparaban para defendernos de cualquier mal espíritu que hubiera decidido esa noche traer mal a mi casa. Con un crugido ruidoso, la puerta se abrió, y allí estaba mi padre, blanco como la cal y de pié sin mediar palabra. Pasó por delante de todos, y se sentó al fuego. Pronto todos nos aproximamos, ya que estaba claro que había una explicación para su retraso.
-¿Qué ha pasado? ¿Porqué has tardado tanto, Francisco? Preguntó mi madre, preocupada.
-No creía haber tardado más que de costumbre, y del campo salí a mi hora, de verdad. Pero...
-¿Qué te ha pasado al volver, Papa?
-Sentaros cerca del fuego, cerrad bien la puerta y escuchad, pero no me toméis por loco.
Subí la cuesta del Camino Real cuando el Sol se ponía, con idea de llegar a buena hora a casa, como todos los días, pero cada paso que daba me pesaba más que el anterior. La luz parecía hacerse gris y el Sol, más rojo que amarillo, cada vez estaba más escondido.
En el horizonte se perfilaba el Reló: negro sobre el naranja del anochecer. Y cada vez estaba yo más cansado de estar de pié; tenía necesidad de sentarme a la orilla del camino, no sabía muy bien por qué. Pensé en que alguien pasaría por allí y me ayudaría, pero nadie parecía estar cerca, y al final, cuando no podía más, sucumbí y hube de sentarme bajo una higuera. Creo que me dormí.
-¿Eso es todo?
-No... no, dejadme acabar.
Al despertarme, me encontré con que delante de mi, en el camino, había un hombre parado, vestido con una túnica violeta. Detrás de él se veía la hermita del camino del cementerio, y la luz que salía de ella me impedía verle la cara. El hombre se me acercó, y me dio la mano, una mano llena de astillas, con las uñas negras y feas, pero tendida con bondad.
Poco a poco, se levantó la capucha y me di cuenta, era mi hermano, el que enterré el año pasado, que murió por gripe. No pude hablar, pero él tampoco se quedó esperando a que le dijera nada. Me besó como hacía de pequeño, se incorporó y siguió por el camino, subiendo la cuesta del Real.
Entonces me desperté bajo la higuera, sin cansancio ninguno, y vine hasta aquí, preocupado más por vosotros que por mi.
-Creo que José te quiso decir algo. -Dijo mi madre.
-Mujer... Igual es algo precipitado pensar eso...
-De precipitado nada, piensa que a lo mejor las astillas que tenía en las manos no le dejan descansar.... algo habrá que hacer.
Dicho y hecho, mis hermanos, mi padre, mi madre y yo, para allá que nos fuimos, de noche, en el día de las ánimas, los cinco de camino al cementerio. Y los más curioso fue que no dio ningún miedo, tal vez porqué los espíritus sabían que no queríamos hacer maldad.
Al volver a casa, y acostarme me acordé de mi tío, de lo que mi padre me contaba de él, y de su manzano, que lo tenemos en el corral aún de cuando lo plantó teniendo mi edad. Mi tío José no había muerto de la gripe, sólo había parecido morir. Y cuando despertó dentro del ataúd nada pudo hacer para salvarse excepto rascar y dar golpes a la tapa. De ahí las astillas y de ahí la aparición... Suerte que ahora, con los tiempos que corren, ya no se entierran vivos por muertos.
Esa noche, todos dormimos un poco mejor.
Cuentos a la lumbre
lunes, 10 de enero de 2011
miércoles, 5 de enero de 2011
Noche de Reyes.
La Noche de Reyes es mágica. Que los niños duerman y los padres velen.
Bien seguro que mañana todos tenemos como mínimo un regalo, ya sea material o no.
Bien seguro que mañana todos tenemos como mínimo un regalo, ya sea material o no.
lunes, 3 de enero de 2011
Tragaldabas
Hace muchísimos años, había una familia muy cerca de aquí. La familia entera vivía del campo y podían permitirse tener un par de cerdos, unos cuantos conejos y algunas gallinas. Además, tenían una vaca lechera y pozo en casa, con lo que se podría decir que era una familia bastante acomodada para la época. Todos trabajaban duro para mantener sus bienes y para que la casa funcionara bien.
En casa eran dos hijos y una hija, además de los dos padres. De los hijos aún ninguno tenía pareja ni la buscaba, ya que el trabajo les mantenía ocupados. La hija al contrario, sí que tenía ganas de casarse, ya que dentro de poco cumpliría los 20 y en esa época, si no tenías pareja a una cierta edad tu destino parecía condenado a la soledad o limitado a la familia, a lo sumo.
La chica, de nombre Julia, empezó a mostrar interés por cierto chico, pero nadie de su familia sabía quién era. Así, cuando llegó el día del baile anual que se celebraba durante los carnavales, Julia empezó a cambiar de actitud en casa. Sus padres, al notar que se arreglaba más de lo habitual empezaron a sospechar lo que pasaba; Julia eludió los intentos de familiares a averiguar quién era el joven por el que se sentía atraída y por esto, los padres pensaron que sería bueno enviar a los dos hermanos mayores de Julia para que vigilaran qué hacía su hija durante la noche, y si se daba el caso, interceder por ella.
Al anochecer y haber acabado las tareas en el día festivo, Julia salió de casa, y tras ella sus hermanos. Y cuál fue la sorpresa de estos cuándo en lugar de dirigirse hacia la plaza del pueblo, vieron que su hermana subía hacia la montaña.
A la luz de la luna la siguieron a través de árboles, matojos y pedruscos, en un ascenso sin demasiada lógica para ellos. ¿Qué haría Julia allá arriba? Las sospechas de que Julia planeara huir del pueblo, unirse a los gitanos errantes o otras disparatadas conclusiones empezaron a florecer en las cabezas de los dos preocupados hermanos, que cada vez estaban más extrañados.
Súbitamente la joven echó a correr, y al ir tras ella descubrieron que se adentraba en una cueva. Al seguirla descubrieron quién era el enamorado de su hermana: El Tragaldabas. Un gigante de casi tres metros, con brazos como robles y un cuello gordo como el de un buey, de facciones duras y espalda ancha y fuerte.
Pese a su asombro los hermanos se quedaron callados en las sombras y cuál fue su sorpresa cuándo Julia, ni corta ni perezosa, se lanzó a los brazos de aquel hombretón, llenándolo de besos en la casa y el cuello, mientras este reía en una explosión de alegría.
Y ahí no acabó la cosa: el Tragaldabas y Julia se abrazaron y bailaron en la cueva, y a falta de música, cantaban. Como la chica era demasiado baja para coger a su pareja de baile del cuello, el gigante la alzaba en brazos. Al finalizar el baile la bajó al suelo, y se arrodilló a su altura. Sus hermanos se prepararon para atacarle si se excedía, pero lejos de esto, empezó a hablar.
Su voz era dulce y suave, brillaba por su bondad y apartaba de golpe todos los prejuicios que se pudieran tener ante el hombre. Puesto que era un hombre como otro, no había duda, pese a sus particularidades de tamaño. Y allí, ante la atenta mirada de los dos hermanos, el gigantón pidió matrimonio a Julia. Julia sonrío, y los hermanos, sin poder aguantar más, salieron de su escondite y corrieron hacia la pareja.
Los prometidos creyeron que ahí acababa su noviazgo, pero nada más lejos de la realidad: los hermanos abrazaron a Julia, condujeron a su futuro esposo a casa, y propiciaron que la boda se celebrara sin mayor incidente. Los padres entendieron que el hombre no por ser tan grande era menos humano, y pudieron vivir como cualquier otra pareja.
Julia y el Tragaldabas engendraron dos hijos y una hija, los hijos fuertes como toros y la hija bella como una flor salvaje. Los tres era grandísimos, medirían como dos metros, que para la época era ser muy alto.
Su hija se llamó Josefa, y en el pueblo la llamaron la Josefona, por su gran tamaño, pero no por ello disminuyó su éxito, era tan hermosa que muy pronto tuvo una larga cola de pretendientes, a los que rechazó sistemáticamente hasta que encontró a quién de verdad quería: un hombre bajo, flaco y nervudo, que poseía una voz dulce como la miel.
En casa eran dos hijos y una hija, además de los dos padres. De los hijos aún ninguno tenía pareja ni la buscaba, ya que el trabajo les mantenía ocupados. La hija al contrario, sí que tenía ganas de casarse, ya que dentro de poco cumpliría los 20 y en esa época, si no tenías pareja a una cierta edad tu destino parecía condenado a la soledad o limitado a la familia, a lo sumo.
La chica, de nombre Julia, empezó a mostrar interés por cierto chico, pero nadie de su familia sabía quién era. Así, cuando llegó el día del baile anual que se celebraba durante los carnavales, Julia empezó a cambiar de actitud en casa. Sus padres, al notar que se arreglaba más de lo habitual empezaron a sospechar lo que pasaba; Julia eludió los intentos de familiares a averiguar quién era el joven por el que se sentía atraída y por esto, los padres pensaron que sería bueno enviar a los dos hermanos mayores de Julia para que vigilaran qué hacía su hija durante la noche, y si se daba el caso, interceder por ella.
Al anochecer y haber acabado las tareas en el día festivo, Julia salió de casa, y tras ella sus hermanos. Y cuál fue la sorpresa de estos cuándo en lugar de dirigirse hacia la plaza del pueblo, vieron que su hermana subía hacia la montaña.
A la luz de la luna la siguieron a través de árboles, matojos y pedruscos, en un ascenso sin demasiada lógica para ellos. ¿Qué haría Julia allá arriba? Las sospechas de que Julia planeara huir del pueblo, unirse a los gitanos errantes o otras disparatadas conclusiones empezaron a florecer en las cabezas de los dos preocupados hermanos, que cada vez estaban más extrañados.
Súbitamente la joven echó a correr, y al ir tras ella descubrieron que se adentraba en una cueva. Al seguirla descubrieron quién era el enamorado de su hermana: El Tragaldabas. Un gigante de casi tres metros, con brazos como robles y un cuello gordo como el de un buey, de facciones duras y espalda ancha y fuerte.
Pese a su asombro los hermanos se quedaron callados en las sombras y cuál fue su sorpresa cuándo Julia, ni corta ni perezosa, se lanzó a los brazos de aquel hombretón, llenándolo de besos en la casa y el cuello, mientras este reía en una explosión de alegría.
Y ahí no acabó la cosa: el Tragaldabas y Julia se abrazaron y bailaron en la cueva, y a falta de música, cantaban. Como la chica era demasiado baja para coger a su pareja de baile del cuello, el gigante la alzaba en brazos. Al finalizar el baile la bajó al suelo, y se arrodilló a su altura. Sus hermanos se prepararon para atacarle si se excedía, pero lejos de esto, empezó a hablar.
Su voz era dulce y suave, brillaba por su bondad y apartaba de golpe todos los prejuicios que se pudieran tener ante el hombre. Puesto que era un hombre como otro, no había duda, pese a sus particularidades de tamaño. Y allí, ante la atenta mirada de los dos hermanos, el gigantón pidió matrimonio a Julia. Julia sonrío, y los hermanos, sin poder aguantar más, salieron de su escondite y corrieron hacia la pareja.
Los prometidos creyeron que ahí acababa su noviazgo, pero nada más lejos de la realidad: los hermanos abrazaron a Julia, condujeron a su futuro esposo a casa, y propiciaron que la boda se celebrara sin mayor incidente. Los padres entendieron que el hombre no por ser tan grande era menos humano, y pudieron vivir como cualquier otra pareja.
Julia y el Tragaldabas engendraron dos hijos y una hija, los hijos fuertes como toros y la hija bella como una flor salvaje. Los tres era grandísimos, medirían como dos metros, que para la época era ser muy alto.
Su hija se llamó Josefa, y en el pueblo la llamaron la Josefona, por su gran tamaño, pero no por ello disminuyó su éxito, era tan hermosa que muy pronto tuvo una larga cola de pretendientes, a los que rechazó sistemáticamente hasta que encontró a quién de verdad quería: un hombre bajo, flaco y nervudo, que poseía una voz dulce como la miel.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)