sábado, 1 de enero de 2011

La Losa Reluciente.

Hace mucho tiempo, en el cerro, había un hombre muy viejo que parecía saber todas las cosas que se pueden saber del mundo. Muchas tardes los niños del pueblo subían al cerro, y a veces el hombre les contaba los cuentos de su infancia. Pero el abismo entre generaciones era demasiado grande, y un día surgió el conflicto: Los niños decían que querían un tobogán, como aquellos que tenían los ricos de la ciudad. El hombre sabio, les dijo: "Pero si vosotros sois más ricos que todos ellos, tenéis las plantas y las rocas; los animales están siempre disponibles para ser observados o perseguidos, y a mi me parece que tan mal no lo pasáis".

Después de escuchar esto los niños deberían haber empezado a pensar sobre la riqueza que tenían ellos, y que jamás podrían obtener los niños ricos, pero como la mayoría eran niños y no filósofos, continuaron obstinados en su propósito. Querían un tobogán sí o sí. Los padres y las madres no estaban por la labor de construirles uno: eran caros, poco prácticos, y encima no había sitio en el pueblo. Estaba claro que no tendrían su tobogán.

Aún así, los niños no se dieron por vencidos y fueron a contar de nuevo al hombre sabio su problema. El anciano, pensativo y sentado a la sombra de su higuera habitual, empezó a mesarse la larga barba. Al cabo de un rato se levantó y empezó a decir: "Está bien, entiendo lo que os pasa. Queréis deslizaros hacia abajo... tiene que ser liso... creo que..." Y así, ensimismado en sus pensamientos y haciendo conjeturas subió a lo alto del cerro en el que todos estaban, y empezó a descender por el otro lado. Los niños, fueron tras él en silencio, pues dedujeron que lo que allí hubiera les interesaba. Al llegar encontraron al hombre mirando fijamente la bajada campo a través, en particular una veta de roca que se había quedado al descubierto. Era un tipo de roca fuerte, sin poros, que llegaba hasta abajo del cerro. Los niños pensaron que ya no tenían nada más que hablar con él, y se marcharon a casa.

A la tarde siguiente, cuando se juntaron de nuevo para divertirse, el grupo de niños subió al cerro, como era costumbre, y se dirigieron a ver al anciano, a ver si esta vez sí, les proponía una buena solución para su problema. Y cuál fue su sorpresa, cuándo al llegar empezaron a escuchar fuertes carcajadas de una voz grave que reconocieron como la del hombre sabio. Al llegar arriba del cerro, dieron la vuelta y empezaron el descenso campo a través, esquivando zarzas y espino, romero, y otros arbustos fortalecidos y altos. Repentinamente vieron qué estaba pasando; un borrón con barba larga les pasó por el lado gritando "Yúhuuuu!Ahora entiendo porqué lo queríais!".

El hombre había conseguido pulir de algún modo la veta de roca que llegaba hasta el mismo pié del cerro, creando un tobogán natural por el que descendía a toda velocidad con su barba ondeando al viento. Los niños, al verlo, se sentaron en la roca y rápidamente empezaron a deslizarse. "Por fin tenemos tobogán!" decían entre carcajadas.

Al llegar abajo, el hombre les dijo: "Esta es la Losa Reluciente, nuestro tobogán particular".
"¿Porqué reluciente?" Dijeron los niños mientras miraban su tobogán. Entonces se dieron cuenta. Con el Sol la piedra pulida brillaba, reluciendo y reflejando la luz solar hacia el pueblo, bañándolo de dorado.

Conforme los años pasaron, y más niños fueron a jugar a la Losa Reluciente, ésta fue estando más pulida. Aún hoy, si te acercas al cerro y subes, tiras a bajar por atrás y te agachas a tocar la roca, verás que es extremadamente suave por la acción de todos los niños que descendieron por ella a lo largo de tantos años.

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